martes, 2 de abril de 2013

Somos catorce besos eternos que jamás borrarán su huella.

Pasamos de la risa al llanto y de mirarnos desnudos sobre la cama a mirarnos indiferentes en el frío de la calle, causado no por el invierno sino por la escarcha que dejaron nuestros corazones al parar de latir al unísono. Yo te quería y quería observar tus labios hasta el anochecer y soñar con ellos en la nueva mañana. Tú me querías y querías acariciarme el pelo con la escusa de rozarme la piel. Nuestros ojos sonreían y nuestros dientes, siempre expuestos, se miraban, siempre unidos, nunca alejados. Y si una lágrima asomaba por mi fuerza (la fuerza de tus ojos) me la bebía, igual que tú te bebiste mis miedos, igual que derrumbaste mis paredes. No recuerdo tus besos, me olvidé de tu cabello, pero grabados quedan en la memoria todos los te quieros, toda la esperanza y todo el miedo. Tuvimos miedo, yo la primera. Nos asustamos y nos alejamos como dos amantes que no quieren recordar la cara del otro. Y así fue. Nos olvidamos de nuestros rostros, de quien fuimos y olvidamos los no-frío (tu calor me protegía).

Hoy entierro tus caricias en el hoyo más hondo que tu recuerdo me ha permitido cavar.



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