Sabes que algo va mal cuando la mejor compañía es un cigarro, cuando los únicos besos que recibes son lágrimas, cuando sólo te entiende una canción. Me gustaría andar media vida con mi propia banda sonora. Y llorar. Que el ritmo de la tristeza lo marquen mis pasos. Estar llorando la mitad de mis días y no volver a hacerlo más. Porque sí, llorar va bien, pero cuando es necesario. Nadie se acuerda de las flores cuando hace frío. Y a veces creo que igual que nadie se acuerda de ellas, nadie se acuerda de mí. La estabilidad que muchos me prometieron se cayó al suelo junto con la balanza que equilibraba mi felicidad y mi pena. Mis ojos son túneles que llevan a la amargura, mi sonrisa no recuerda a qué sabe el viento, hace tanto tiempo que no se ven. Y todo es negro. Incluso la melena rubia de anónimo, incluso el arcoiris, incluso el color de mis labios. Negro como el café que no se llegó nunca a cortar, negro como el vodka que me cura las heridas, negro como el discurso de ánimo que muchos me intentaron dar. Negro como las canciones alegres, negro como la profundidad del mar azul, negro como un cielo que llora. Negro como mi destino, como mis miedos, como mi claridad.