Hoy he pasado por delante de tu casa y no he sonreído, no me he detenido a mirar si estabas asomado a la ventana o si conseguía escucharte tocando la guitarra. No te he llamado para ver qué hacías o para decirte si me dejabas invitarte a un cigarro. Nos hemos consumido, como el pitillo que me he fumado sola, y hemos volado, como la ceniza que caía y era arrastrada por el viento. Juntos llegamos muy arriba, yo creía tocar las nubes contigo y me encantaba presumir de ti, de tu fuerza y tus ganas de salir adelante. Aún siento cuando estás mal sin que me lo digas, pero mis pies ya no andan más por ti, ya no puedo saber de ti. No recuerdo el color de tus ojos, ni como me sonreían, ni como olía tu pelo, ni tu grupo favorito. No quiero escuchar tu música, ya no me transmite nada. Ya no somos nada. Pasaste de ser la orilla de mi océano a la corriente marina que me hunde para abajo. ¿Dónde has estado cuando te he necesitado? ¿Y dónde he estado yo cuando me has necesitado tú? ¿Me has necesitado? Espero que sigas leyendo todo aquello que te escribí en su día, espero que recuerdes los te quieros, las caricias, los besos que nunca nos dimos. Recuérdame tú a mí porque yo no puedo. Tenía tu nombre tatuado en el alma y ha perdido toda la tinta. Tu recuerdo es una puta aguja que me martiriza. Déjame mirarte por última vez y memorizar cada poro de tu piel, tus pestañas, cada pelo de tu barba, cada mueca de tus labios. Déjame necesitarte, déjame soñar contigo. Déjame quererte, bailar encima de ti, déjame abrazarte. Déjame, antiguo amigo, reconocer tu andar cuando no puedo ver nada. Déjame cantar Snow. Déjame sentir algo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario